lunes, 28 de diciembre de 2009

El primero


Mira ese muerto mirándote, atenta traslucida despedida, observándote mientras la observas sin sentir pudor de la vida, quedan los restos de la muerte  ida, y la vergüenza que tú sí sientes al posar tus ojos vivos sobre los ciegos no va a disolverse en tu memoria, no importa cual sea el destino de tu huída, cuando llegues ella ya estará allí, esperándote, pausada, rítmica, sensual y oscura, densa como nubarrones de vergüenza enterrados en tu niñez, ajena a justificaciones, sorda a escusas mal pronunciadas, balbuceantes disculpas sin sinceridad en su sustancia, sin creencia en la propia inocencia; y el cuerpo caído sigue inmóvil, yaciente bajo la luz artificial de la lámpara, rodeado del aura blanca del color innatural que emula el dorado del sol, falsificación pobre de la vida, la luz de la muerte, la luz humana, el artífico de la luz, enmarca ese gran resto de movimiento en reposo, peso muerto sobre el éxtasis estático y eterno del suelo informe, oráculo de la descomposición, y tras esa imagen el recuerdo imborrable de la muerte, ajena al sueño y de apariencia similar, rodeada de pared blanca, granulada, aislada de cualquier ruido exterior, un cajón, un cadáver, una cárcel, un lugar de reposo para los restos de uno que cambiaba, y ahora sigue cambiando en negativo, incluso el morir se vuelve dinámico,  parejo y espejo al movimiento rotatorio de todas las cosas, de las cosas del afuera de este ataúd gigante, aislado del otro y ahora incorporado al fluir de la composición y la descomposición, imposible  la sustracción al ir y venir, al ser y no estar, al dolor y la dicha, desaparecidas del estático hecho, pero deformación progresiva; y él continúa mirándote, registrando en sus pupilas muertas tu sombreada faceta de oscuridad recortada en falsa luz, esa luz grabada a fuego en su pecho descubierto, abierto en boca muda y lengua deforme de líquido existir coagulado en escarlata, coronada del plateado aspecto del metal fundido en ríos minúsculos de rojo resplandeciente, caminos escapados de las entrañas del viajero , que ya nunca va a volver, y siempre se marcha, se marcha en tu recuerdo, y se queda ahí, en la marcha del recuerdo de la despedida.

viernes, 25 de diciembre de 2009

The Laugh, The Lady and The Lake


Por qué seguir riendo a través de los ojos mudos, muertos, romos trozos de vida, sensibles al tormento, a la desidia, a la angustia, a aquel momento, lejos de la luz rota de un encuentro, inesperado y ajeno, llano tras el paso del tiempo, una montaña invisible, escondida en un lamento, una cruz escindida de contenido aliento, muerte y sombra y dolor, y al final solo viento, solo encuentro, lejos, en otro camino, alejado del destino, pequeño sopor de la frontera, apagada sonrisa a la espera, de la libre alianza del pasado ya pasado, lanza rota atorada en la sombra, en la nube azur de la colmena melosa, de melodía arrullante, rápido reloj de realidad retrasada. Porque seguir riendo te retorna en momento.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Aparición

¿Se puede contener el mundo en una historia? ¿Y en una caricia? ¿En una cara? ¿En un gesto? ¿En una imagen? ¿Y En una mirada? ¿Hay un recuerdo que lo contenga todo? ¿O al menos todo lo que vale la pena conservar? ¿Existe olvido capaz de ahogar la fricción torpe de dos cuerpos ausentes al afuera? ¿Existe amnesia suficiente para borrarte de mí? Ya no me acuerdo de olvidarte, y te me haces presente, palpable, cicatriz ante mis ojos, esencia en mi nariz, surco sobre la piel, sabor antojadizo de colores, y calor en la yema de los dedos, y prisa en el pecho, y respiración acelerada: en espera de la desesperación; en espera de la presencia inesperada. Eres la inercia que empuja, violentas la acción sobre las cosas, la frontera atravesada a empellones, una rara misión de la palabra, convertida en estatua converges a la vida: tú, ser, mirada; ser, recorrida por ojos arcoíris, burbujas de gemidos suspendidos en silencio. Tú ante mí. Toda tú ante mí y mi mirada.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Un chico escribiendo en una silla, no demasiado incómoda por cierto


Imagino un chico sentado en una silla, la silla no es muy incómoda, ni grande ni pequeña, bueno algo incómoda sí es, pero no demasiado. Y mi imaginación extiende el hilo coloreado que va dando forma a la imagen en tres dimensiones, aunque poco a poco parece como si algo más estuviera escondida tras ella, un no sé qué incapaz de definirse por sí mismo ante mis ojos, o soy yo el incapaz de decir qué es; pero una cosa sí te aseguro, hay algo ahí detrás. ¿Qué quiero decir con “algo”? No he dicho alguien: doy por segura su incapacidad para razonar, su no vida, su existencia dependiente  de mis sentidos, lo esclavizo a mis sentidos imperfectos, mentirosos, caprichosos, ansiosos, creativos hasta el hechizo. Recuerda, no estoy representando la realidad, sólo te intento narrar la representación de un sueño que no sé bien qué quiere representar de mí. Acaso no esté representando sino mi fijación en el deseo de permanecer sobre un tapiz fijo, ausente de realidad, pues la realidad escapa a cualquier clasificación solidificada; no hay analogía capaz de quebrar la velocidad del pensamiento, pero el abismo succionador es incapaz de arrebatarme esa imagen terca, aunque sé, sabes, sabemos todos los que una vez hemos hoyado la tierra, de su desaparición indeleble al fin, su derrota aplazada en el tiempo, y como no podemos sustraernos a ser derrotados nosotros también; nos sobrevuela la dictadura del olvido, el borrar en pequeñas partículas invisibles, incomprensibles, tristes lamentos jamás ocurridos, cicatrices rotas en algún punto del tiempo.  ¿Cómo superar la certeza de la desaparición constante, del empequeñecimiento hasta la nada, del no saber qué seremos aunque sepamos que dejaremos de ser? Pero yo sigo ahí, igual de terco, imaginando que imagino a un chico sentado en una silla, la silla, por cierto, no es muy incómoda, ni grande ni pequeña, bueno algo incómoda sí es, pero no demasiado, soportable; como algo incómodo era el sofá dibujado en los recuerdos de aquella tarde, hace muchas vidas, parecía existir para el cuerpo vibrante de dos; dos alejados de los sonidos, no hay sonidos en mis recuerdos, pero caprichosamente sí conservo el tacto, a costa del olor, un olor traicionero que viene y se va en momentos inesperados. Un olor dulce y amargo, adictivo, formado a base de capas relucientes del color de tu pelo, cubriendo resquicios de amnesia, venciendo la obliteración del paso de las horas, arrasando paredes de extravío, vertiendo hemorragias de sentimientos sobre un sofá negro; y conservo la calidez del cuerpo tierno moviéndose en ráfagas descompasada, vivas, ingenuas y libres del tiempo, del olvido, de la muerte. Pero imagino que imagino, ¿y qué imagino? Imagino a un chico sentando en una silla, escribiendo sobre una libreta, una libreta roja, como el color de tus labios, entonces recién nacidos a mí; él está sentado en una silla, tú me miras desnuda sobre tu cama, separas mi vida en paréntesis etéreos pero irrompibles en el recuerdo, te eternizas en mi memoria, en esas ráfagas ciegas de imágenes arrítmicas, fugaces relámpagos de figuras y formas aderezas de ausencia de sombras; la silla no es incómoda, no demasiado, tampoco lo era el puñetazo sordo de tu pecho sobre el mío, no es una silla grande ni pequeña, ya no existe capacidad ni volumen en la magia del evocar, evocar hacia mí lo que hace tantas vidas fue parte de mí, porque aquella intensidad no entendía de medidas, de números, de límites; Y la incomodidad de la silla no impide al chico seguir con su tarea, imaginarte en la soledad de su habitación, imaginar que te imagina, imaginar que imagina cómo imaginarte, imaginar que su imaginación es capaz de imaginar una imagen de ti. Y entonces la cosa da un paso al frente, la representación se rompe en mil pedazos, la elipse se deshace en jirones de nubes de algodón, el espejo deja de ser uno y se convierte en miríada de fragmentos alejados entre sí, y tú apareces detrás y delante, traspuesta y atravesada, aquí y allí, y en la nada, y en la conciencia, y en el sueño, sólo estás tú.  Y todos nosotros dejamos de escribir. E imagino que sigo vivo en la memoria del sueño que es la vida, y sueño con jamás despertar de ti.

domingo, 18 de octubre de 2009

Apunte de un aprendiz de hechicero


12 de mayo

Estoy mareado. No me quito de la cabeza la lluvia de estrellas de hace unos días. 

¿Para quién escribo esto? Anoto las palabras formando oraciones con sentido que sin embargo ya están en mí, en mi cabeza, pero al escribir se reformulan, cambian un poco de significado, y a la vez, al releerlas, me cambian a mí de alguna forma sin quererlo. ¿Es por eso que escribo? ¡Para cambiar y no quedar fijo esparzo inmovilidad alrededor! Fijar las palabras, matar la letra, y así seguir yo fijado al movimiento de la vida; seguir viviendo a cambio de la mortalidad de un instante, un momento del pasado convertido en eterno cadáver, incorruptible por la letra. ¡Pero el texto no está enteramente muerto! Es el testigo, el espectro necesitado de otro para volverse cantarín descubridor de vida, vampiro de presente, pasado fijado en la inmediatez del decir. Descubridor y al mismo tiempo ladrón de vida de otro lector: él, el lector, queda fijo en cada palabra mía aletargada, mientras el cazador, camuflado en el interior de un bosque blanco, espera el momento justo para saltar sobre su víctima: el devorador del lenguaje es engullido por él sin darse cuenta. ¿Escribir es una trampa de eterna paciencia? Y si es así: ¿para quién va destinada esta charada? ¿Para mí que escribo? Ya no puedo separarme de ella, mi vida depende de ella, ella me eleva y me deja caer entre cuerdas irrompibles de marioneta ¿O para el que lee? Él no es sino un trozo de carne indefenso ¿A quién obedece la magia escondida en cada palabra de movilidad inasible? ¿Participo del hechizo en reposo de la página escrita? No, me doy cuenta: soy una más, otra presa ignorante, ajena al organismo en reposo, al depredador suspendido en el tiempo, el chupador ausente al espacio físico, araña en hibernación impostada, atenta a los portales irisados, al maná incauto listo para ser raptado y licuado. Yo no soy un vampiro, soy parte de su rebaño.

Nwannda’s Noise



Soy la nariz de Nwannda y ahora lo poseo, domino su voluntad reptante bajo lo profundo de sí mismo. He hecho de su voluntad una posesión ociosa, estiro las riendas del cuerpo sin mente que es ahora Nwannda, me pertenece, y con él domino la percepción del todo: el dolor y el placer, y hay mucho de ambos en un solo cuerpo; la espera y el ansia sirven a mis caprichos blandos y húmedos, no queda rastro de voluntad. Ahora soy yo, somos nosotros, y quiero esconderme en el mismo lugar, siempre, sin pausa ni descanso, todo el tiempo: ese rincón sin vista, porque no es él la imagen que ella ve; sin oído, porque el eco es el recuerdo de su nombre falso susurrado al viento; sin tacto, porque no es a él a quien rozan sus manos temblorosas; y sin gusto, porque el sabor de lo vivo le recuerda a ella demasiado. Absorber el blanco artificial a través de mí, a través de las entrañas escondidas bajo capas de indiferencia circular, a través del ciego movimiento del circuito continuo de venas y arterias. La mezcla del afuera que nos transporta hacia lo traspasado del lenguaje; recuperar el ajeno desconcierto del perdido en la conciencia, del que ya no conoce su paradero, experimentar su horizonte traspasado por infinitas líneas de fuga, a eso se reduce Nwannda: pasajero inerte, viajero tras un muro liso de tiempo y espacio, abismado en el pozo sin fin de sí mismo; y descubierto por mi testimonio, la nariz de Nwannda, interprete de la lengua neonata que lo acuna: un martillo dislocado en calambres acompasados de ritmo eléctrico; y durante el viaje, la caída sin pausa, llamándote a ti porque eres el ente que escucha, que siente y es capaz de llorar. El único apto para devolver piedad desde el afuera extranjero, extraño a nosotros, pues Nwannda ya se olvida de existir para circular, para ser flujo continuo de euforia honesta, sin motivo mentiroso, en integra desesperación, despegando hacia el infinito con fecha de caducidad. Y entonces quedo yo, únicamente yo, la nariz de Nwannda, la percepción que habla desde el impulso eléctrico del placer.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Darío Morales

El cuerpo ausenta el alma, presencia del reflejo apocada en el recuerdo. Seguir mirando a pesar de la incomprensión, cómo ejercer dominio sobre uno mismo, dictar pasos y palabras, compromisos huecos y filiaciones aparentes, superficiales, caducadas al instante siguiente de nacer. Memorizo la forma vaga dibujada sobre tu cuerpo, ahora recuerdo esa figura grabada en ausencia de ti. La fragilidad impostada en tus extremidades silenciosas, ausentes en sueño, jugando a la inmovilidad, suplantando la vida dormida. Tus caricias suspendidas en el tiempo, ajenas al espacio, sustrato de la piel, ilusión de permanencia más vívida que cualquier emoción. Descanso sobre la cama, y tú regresas en ese vehículo pirata de mil velas multicolor, tú, velo húmedo y caliente, escondida a los ojos ajenos, ojos que no importan, que no existen ya más, solo existe el errar constante a través de poros invisibles, futuro y pasado ligado por el recuerdo de tu aliento sobre mis párpados cerrados. Eres la sonrisa que se abre, secreta y tabú, resquicio en movimiento fugaz apenas apuntado en suspiros de coral, palabras fantasma, canto susurrado que habita en mi cabeza. Noche tras noche persisto en el silencio en que se ha convertido tu voz perseguidora, constante edén torturador, que perdura porque así lo imploro yo. El lenguaje esculpido sobre tu espalda desnuda es el girar infinito de tu nombre. Y lo veo ahora, y lo leo siempre.

 

martes, 22 de septiembre de 2009

Y porque la huída

Tu nombre me ahoga. Cristaliza en la memoria, plastifica todo lo vivido que en ella reposa, se encierra como caja cerrada, prisión sin ventana, puerta sin cerradura; la recreación del pasado huye del presente, huye de la sustancia que le da esencia, o tal vez sea al revés, huye de la esencia que le da sustancia. Toda ficción, todo recuerdo pasado lanzado a la ingravidez del abismo recordado, se pierde en una maraña de equívocos esquivos, de aguzados rechazos mudos; los desengaños de los hombres se olvidan pero no se olvidan, permanecen en segundo plano, renqueando como viejos heridos, como jóvenes lisiados, como adolescentes cojos: todos podemos ser dañados con facilidad, la vida es potencia a dañar en estado de espera. Es tu nombre: ahogo de pensamiento subterráneo (lo que se quiere decir pero no se dice, por miedo, por desinterés, por agonía de consecuencias perfectamente planificadas, descarga de responsabilidad en el camino monótono a recorrer lejos de lo inesperado, de lo inabarcable que rodea a todo lo abarcado, por ese pensamiento que me paraliza). ¿Soy críptico? Tú tienes la culpa, la responsabilidad es culpa, el conocimiento es culpa, el saberse sano, capaz, realizativo, implica culpa, porque siempre hay un culpable, alguien a quien acusar de las consecuencias (y al fin, después de inspeccionar todas las esferas convergentes en una misma esfera, detrás del espejo, y sobre el espejo, y a través del espejo, el único culpable factible es siempre el mismo: tú, ellos: yo.), ese alguien hábil para huir, el huir de la sustancia y esencia: huida que nos hace lectores de los demás a costa de huir de nuestra misma lectura, y sin embargo se delata a ella misma allá donde vaya: y si de algo somos incapaces es de la impostura del existir aislados, de dejarse llevar sin identidad, sin nombre a quien nombrar, sin comparación con los demás, sin búsqueda de lo singular en nosotros a costa de los vulgar que existe en todos. Y esa mentira se vuelve tan obvia, omnipresente presencia centrípeta bajo luz de inquisición, que desaparece invisible tras un halo de verdad inenarrable, trascendente por etérea, traslucida por espiritual, verdad por mentira verificada: tu nombre no está, ya no me daña entonces; mentira, sigue siendo mentira aún como plegaria a la imaginación, como ruego a la ausencia de dolor, el rezo del reo entre barras de hierro, un tedéum insincero celebrando la huída del nombre de dios: porque tu nombre me ahoga, porque lo que me ahoga es tu no nombre, tu ausencia de nombre, y sin embargo sigues ahí orbitando fiel y firme en la pena y el castigo. ¿Qué clase de poder es el ser en ausencia? ¿Estar cuando ya no se es? ¿Existir a pesar del espacio y del tiempo, o existir a pesar del pesar del espacio y el tiempo? Y de repente la órbita se rompe, el círculo es comba, la elipse converge en el punto, la curva se deshace en una infinita recta infinita, doblemente infinita en su triple dimensión espacial (la imaginación escapa a ráfagas caprichosas, viola el territorio cerrado penetrando bruscamente en lo inimaginado, creado a la vez que es creada, expandiendo luz y sombras, creando el contraste que da forma al mundo, que lo pervierte y lo dignifica, viola salvajemente el territorio árido e inexplorado de los deseos, desnuda tabúes rojos, paren la libertad de lo horrendo y lo nuevo, de lo creado virgen y mancillado al mismo tiempo: la corrupción aflora en la caja cerrada, se pudre en la descomposición el interior de la prisión sin ventana, la herrumbre resquebraja la puerta sin cerradura: y fruto, y nacimiento, y raíz: la vida fluye sin parar, sin frontera, sin horizonte (el marco se expande perdiendo su nombre). Y es tu nombre el nacido y el muerto, al mismo tiempo, tú nombre traspasado de hilos finos y frágiles, rotos en cada pequeño bamboleo del mundo, pero hilos infinitos, trama engañosa que recorta y fija un imposible estar quieto; tú nombre huye del danzar oblicuo de toda narración, huye de la ficción de mis recuerdos, deja un cojín de ausencia sobre el cual descansar el sueño. Dormir tras muros sin historia, sin puerta ni ventana, sin nada entre visillos, alejado de los pasos del pasillo, indiferente a los fuegos de almenara, roto y encerrado y feliz y prisionero en mi castillo.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Presentación


No puedo dormir. Es una declaración sincera, inapelable, horrible para el que la sufre. No puedo dormir, o más exactamente soy incapaz de dormir más de 3 horas seguidas. El proceso es siempre el mismo, tan aburrido como cansino: me acuesto, desaparezco en un mar de nada durante unas horas, y al final me despierto de forma paulatina, primero tras una suave oleada de luz amortiguada, la oscuridad engañosa disfrazada en mi habitación, poco a poco e inapelablemente la consciencia de dónde estoy y lo que viene a continuación me alcanza, me agarra y me estrangula: horas y horas de desvelo hasta el amanecer, para así empezar un nuevo día agotador y fatigoso. Ya no alcanzo a recordar cómo era despertarse descansado, el dolor de espalda rompe en mis riñones recordándome mi condición de mortal destinado al dolor y la ruina física, una cura de humildad al endiosamiento de mis veintitantos propensos a declararme inmortal, aun participando del conocimiento de la mortalidad de todo lo natural. Pero estaba hablando de mi castigo divino, esa forma de tortura inicua destinada a los seres malditos, bastardos espíritus destinados al sufrimiento y la desaparición paulatina en una espiral de desintegración que absorbe el límite circunscrito entre la realidad y el sueño, la ficción y lo verdadero: para mí ese horizonte liminal ya no existe, si es que ha existido alguna vez, al menos en mi cabeza ha desaparecido dejando espacio para una nada unitaria. Oigo los tranquilos suspiros de mis padres, ajenos al sufrimiento acarreado por mi pesada sensación de cautivo destinado al sacrificio ritual de algún dios caníbal olvidado, escondido en los rincones insomnes de mi cama, porque mi cama es un ser vivo, ahora lo sé, se me ha revelado la epifanía ominosa del destino de los durmientes castigados a la vida insomne, yo soy uno de ellos y conozco mi final. Y mis quejas sordas se apagan ante el sentimiento de culpa, ¿debo revelarles a ellos mi dolor, ese rencor miedoso capaz de mantenerme despierto tras una máscara correosa de falsa cohabitación feliz? No, sé que no debo, sé que no puedo, sé que si lo hago sería todavía más miserable de lo que ya soy. Me quejo, es cierto, y sin embargo de mis palabras enredadas, y de mis digresiones parciales y opacas se extrae una culpa, una carga terrible ni siquiera imaginable por un ajeno a mis recuerdos, aunque incluso el ser que soy ahora es ajeno a los recuerdos que guardo, pues no puedo llegar a ellos, malearlos, son ellos, se me fijan en la pantalla de cine que es mi memoria y me imponen imágenes capaces de dirigir mis pasos, y lo más espantoso: son un imponderable generador de sensaciones y sentimientos: ahogo, calambre, sofoco; los tres estigmas del dios canino me persiguen allá donde voy, me atestiguan su presencia, él sabe quién soy y qué hago en cada momento, ya no puedo engañarme a mí mismo, si lo hiciera en realidad él lo sabría y se satisfaría, estaría cayendo en su juego de engaño y castigo. El noctámbulo que soy agoniza en esta cama viva, respirando a través de ventanas cerradas de no-sueño, la trasnochada bondad de la noche ya no me sirve, ya no me protege su manto de oscuridad infinita, pues no hay oscuridad en mi habitación sino ausencia de color, ya no queda vida en este cuadrado espacial: estoy en una tumba, y mi castigo es la vida eterna sin sueño. Te pido salvación, me declaro devoto esclavo de tus momentos, concédeme un poco de calma en tu imaginación, dame la paz que no conozco en vida en el seno de tus ideas, traslada el temblor de la existencia hacia la calma recogida de la lectura del otro, de tu lectura, de la lectura de un dios diferente al dios carnívoro que ahora me posee. Arrebátame a él, sé mi señor, trasciende la pantalla, rompe la barrera, escógeme sobre cualquier otro durante unos instantes, dame la vida perdida hace ya tanto tiempo, no me abandones en este rectángulo blando que se ha convertido en mi ataúd. Sácame hacia afuera, expúlsame del mundo y recógeme en la inmensidad de la nada para darme una nueva identidad, nuevos recuerdos capaces de sustituir a los que ahora me retienen y me confieren deforma: hazme otro y así me harás tuyo.