No puedo dormir. Es una declaración sincera, inapelable, horrible para el que la sufre. No puedo dormir, o más exactamente soy incapaz de dormir más de 3 horas seguidas. El proceso es siempre el mismo, tan aburrido como cansino: me acuesto, desaparezco en un mar de nada durante unas horas, y al final me despierto de forma paulatina, primero tras una suave oleada de luz amortiguada, la oscuridad engañosa disfrazada en mi habitación, poco a poco e inapelablemente la consciencia de dónde estoy y lo que viene a continuación me alcanza, me agarra y me estrangula: horas y horas de desvelo hasta el amanecer, para así empezar un nuevo día agotador y fatigoso. Ya no alcanzo a recordar cómo era despertarse descansado, el dolor de espalda rompe en mis riñones recordándome mi condición de mortal destinado al dolor y la ruina física, una cura de humildad al endiosamiento de mis veintitantos propensos a declararme inmortal, aun participando del conocimiento de la mortalidad de todo lo natural. Pero estaba hablando de mi castigo divino, esa forma de tortura inicua destinada a los seres malditos, bastardos espíritus destinados al sufrimiento y la desaparición paulatina en una espiral de desintegración que absorbe el límite circunscrito entre la realidad y el sueño, la ficción y lo verdadero: para mí ese horizonte liminal ya no existe, si es que ha existido alguna vez, al menos en mi cabeza ha desaparecido dejando espacio para una nada unitaria. Oigo los tranquilos suspiros de mis padres, ajenos al sufrimiento acarreado por mi pesada sensación de cautivo destinado al sacrificio ritual de algún dios caníbal olvidado, escondido en los rincones insomnes de mi cama, porque mi cama es un ser vivo, ahora lo sé, se me ha revelado la epifanía ominosa del destino de los durmientes castigados a la vida insomne, yo soy uno de ellos y conozco mi final. Y mis quejas sordas se apagan ante el sentimiento de culpa, ¿debo revelarles a ellos mi dolor, ese rencor miedoso capaz de mantenerme despierto tras una máscara correosa de falsa cohabitación feliz? No, sé que no debo, sé que no puedo, sé que si lo hago sería todavía más miserable de lo que ya soy. Me quejo, es cierto, y sin embargo de mis palabras enredadas, y de mis digresiones parciales y opacas se extrae una culpa, una carga terrible ni siquiera imaginable por un ajeno a mis recuerdos, aunque incluso el ser que soy ahora es ajeno a los recuerdos que guardo, pues no puedo llegar a ellos, malearlos, son ellos, se me fijan en la pantalla de cine que es mi memoria y me imponen imágenes capaces de dirigir mis pasos, y lo más espantoso: son un imponderable generador de sensaciones y sentimientos: ahogo, calambre, sofoco; los tres estigmas del dios canino me persiguen allá donde voy, me atestiguan su presencia, él sabe quién soy y qué hago en cada momento, ya no puedo engañarme a mí mismo, si lo hiciera en realidad él lo sabría y se satisfaría, estaría cayendo en su juego de engaño y castigo. El noctámbulo que soy agoniza en esta cama viva, respirando a través de ventanas cerradas de no-sueño, la trasnochada bondad de la noche ya no me sirve, ya no me protege su manto de oscuridad infinita, pues no hay oscuridad en mi habitación sino ausencia de color, ya no queda vida en este cuadrado espacial: estoy en una tumba, y mi castigo es la vida eterna sin sueño. Te pido salvación, me declaro devoto esclavo de tus momentos, concédeme un poco de calma en tu imaginación, dame la paz que no conozco en vida en el seno de tus ideas, traslada el temblor de la existencia hacia la calma recogida de la lectura del otro, de tu lectura, de la lectura de un dios diferente al dios carnívoro que ahora me posee. Arrebátame a él, sé mi señor, trasciende la pantalla, rompe la barrera, escógeme sobre cualquier otro durante unos instantes, dame la vida perdida hace ya tanto tiempo, no me abandones en este rectángulo blando que se ha convertido en mi ataúd. Sácame hacia afuera, expúlsame del mundo y recógeme en la inmensidad de la nada para darme una nueva identidad, nuevos recuerdos capaces de sustituir a los que ahora me retienen y me confieren deforma: hazme otro y así me harás tuyo.