miércoles, 30 de septiembre de 2009

Darío Morales

El cuerpo ausenta el alma, presencia del reflejo apocada en el recuerdo. Seguir mirando a pesar de la incomprensión, cómo ejercer dominio sobre uno mismo, dictar pasos y palabras, compromisos huecos y filiaciones aparentes, superficiales, caducadas al instante siguiente de nacer. Memorizo la forma vaga dibujada sobre tu cuerpo, ahora recuerdo esa figura grabada en ausencia de ti. La fragilidad impostada en tus extremidades silenciosas, ausentes en sueño, jugando a la inmovilidad, suplantando la vida dormida. Tus caricias suspendidas en el tiempo, ajenas al espacio, sustrato de la piel, ilusión de permanencia más vívida que cualquier emoción. Descanso sobre la cama, y tú regresas en ese vehículo pirata de mil velas multicolor, tú, velo húmedo y caliente, escondida a los ojos ajenos, ojos que no importan, que no existen ya más, solo existe el errar constante a través de poros invisibles, futuro y pasado ligado por el recuerdo de tu aliento sobre mis párpados cerrados. Eres la sonrisa que se abre, secreta y tabú, resquicio en movimiento fugaz apenas apuntado en suspiros de coral, palabras fantasma, canto susurrado que habita en mi cabeza. Noche tras noche persisto en el silencio en que se ha convertido tu voz perseguidora, constante edén torturador, que perdura porque así lo imploro yo. El lenguaje esculpido sobre tu espalda desnuda es el girar infinito de tu nombre. Y lo veo ahora, y lo leo siempre.

 

martes, 22 de septiembre de 2009

Y porque la huída

Tu nombre me ahoga. Cristaliza en la memoria, plastifica todo lo vivido que en ella reposa, se encierra como caja cerrada, prisión sin ventana, puerta sin cerradura; la recreación del pasado huye del presente, huye de la sustancia que le da esencia, o tal vez sea al revés, huye de la esencia que le da sustancia. Toda ficción, todo recuerdo pasado lanzado a la ingravidez del abismo recordado, se pierde en una maraña de equívocos esquivos, de aguzados rechazos mudos; los desengaños de los hombres se olvidan pero no se olvidan, permanecen en segundo plano, renqueando como viejos heridos, como jóvenes lisiados, como adolescentes cojos: todos podemos ser dañados con facilidad, la vida es potencia a dañar en estado de espera. Es tu nombre: ahogo de pensamiento subterráneo (lo que se quiere decir pero no se dice, por miedo, por desinterés, por agonía de consecuencias perfectamente planificadas, descarga de responsabilidad en el camino monótono a recorrer lejos de lo inesperado, de lo inabarcable que rodea a todo lo abarcado, por ese pensamiento que me paraliza). ¿Soy críptico? Tú tienes la culpa, la responsabilidad es culpa, el conocimiento es culpa, el saberse sano, capaz, realizativo, implica culpa, porque siempre hay un culpable, alguien a quien acusar de las consecuencias (y al fin, después de inspeccionar todas las esferas convergentes en una misma esfera, detrás del espejo, y sobre el espejo, y a través del espejo, el único culpable factible es siempre el mismo: tú, ellos: yo.), ese alguien hábil para huir, el huir de la sustancia y esencia: huida que nos hace lectores de los demás a costa de huir de nuestra misma lectura, y sin embargo se delata a ella misma allá donde vaya: y si de algo somos incapaces es de la impostura del existir aislados, de dejarse llevar sin identidad, sin nombre a quien nombrar, sin comparación con los demás, sin búsqueda de lo singular en nosotros a costa de los vulgar que existe en todos. Y esa mentira se vuelve tan obvia, omnipresente presencia centrípeta bajo luz de inquisición, que desaparece invisible tras un halo de verdad inenarrable, trascendente por etérea, traslucida por espiritual, verdad por mentira verificada: tu nombre no está, ya no me daña entonces; mentira, sigue siendo mentira aún como plegaria a la imaginación, como ruego a la ausencia de dolor, el rezo del reo entre barras de hierro, un tedéum insincero celebrando la huída del nombre de dios: porque tu nombre me ahoga, porque lo que me ahoga es tu no nombre, tu ausencia de nombre, y sin embargo sigues ahí orbitando fiel y firme en la pena y el castigo. ¿Qué clase de poder es el ser en ausencia? ¿Estar cuando ya no se es? ¿Existir a pesar del espacio y del tiempo, o existir a pesar del pesar del espacio y el tiempo? Y de repente la órbita se rompe, el círculo es comba, la elipse converge en el punto, la curva se deshace en una infinita recta infinita, doblemente infinita en su triple dimensión espacial (la imaginación escapa a ráfagas caprichosas, viola el territorio cerrado penetrando bruscamente en lo inimaginado, creado a la vez que es creada, expandiendo luz y sombras, creando el contraste que da forma al mundo, que lo pervierte y lo dignifica, viola salvajemente el territorio árido e inexplorado de los deseos, desnuda tabúes rojos, paren la libertad de lo horrendo y lo nuevo, de lo creado virgen y mancillado al mismo tiempo: la corrupción aflora en la caja cerrada, se pudre en la descomposición el interior de la prisión sin ventana, la herrumbre resquebraja la puerta sin cerradura: y fruto, y nacimiento, y raíz: la vida fluye sin parar, sin frontera, sin horizonte (el marco se expande perdiendo su nombre). Y es tu nombre el nacido y el muerto, al mismo tiempo, tú nombre traspasado de hilos finos y frágiles, rotos en cada pequeño bamboleo del mundo, pero hilos infinitos, trama engañosa que recorta y fija un imposible estar quieto; tú nombre huye del danzar oblicuo de toda narración, huye de la ficción de mis recuerdos, deja un cojín de ausencia sobre el cual descansar el sueño. Dormir tras muros sin historia, sin puerta ni ventana, sin nada entre visillos, alejado de los pasos del pasillo, indiferente a los fuegos de almenara, roto y encerrado y feliz y prisionero en mi castillo.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Presentación


No puedo dormir. Es una declaración sincera, inapelable, horrible para el que la sufre. No puedo dormir, o más exactamente soy incapaz de dormir más de 3 horas seguidas. El proceso es siempre el mismo, tan aburrido como cansino: me acuesto, desaparezco en un mar de nada durante unas horas, y al final me despierto de forma paulatina, primero tras una suave oleada de luz amortiguada, la oscuridad engañosa disfrazada en mi habitación, poco a poco e inapelablemente la consciencia de dónde estoy y lo que viene a continuación me alcanza, me agarra y me estrangula: horas y horas de desvelo hasta el amanecer, para así empezar un nuevo día agotador y fatigoso. Ya no alcanzo a recordar cómo era despertarse descansado, el dolor de espalda rompe en mis riñones recordándome mi condición de mortal destinado al dolor y la ruina física, una cura de humildad al endiosamiento de mis veintitantos propensos a declararme inmortal, aun participando del conocimiento de la mortalidad de todo lo natural. Pero estaba hablando de mi castigo divino, esa forma de tortura inicua destinada a los seres malditos, bastardos espíritus destinados al sufrimiento y la desaparición paulatina en una espiral de desintegración que absorbe el límite circunscrito entre la realidad y el sueño, la ficción y lo verdadero: para mí ese horizonte liminal ya no existe, si es que ha existido alguna vez, al menos en mi cabeza ha desaparecido dejando espacio para una nada unitaria. Oigo los tranquilos suspiros de mis padres, ajenos al sufrimiento acarreado por mi pesada sensación de cautivo destinado al sacrificio ritual de algún dios caníbal olvidado, escondido en los rincones insomnes de mi cama, porque mi cama es un ser vivo, ahora lo sé, se me ha revelado la epifanía ominosa del destino de los durmientes castigados a la vida insomne, yo soy uno de ellos y conozco mi final. Y mis quejas sordas se apagan ante el sentimiento de culpa, ¿debo revelarles a ellos mi dolor, ese rencor miedoso capaz de mantenerme despierto tras una máscara correosa de falsa cohabitación feliz? No, sé que no debo, sé que no puedo, sé que si lo hago sería todavía más miserable de lo que ya soy. Me quejo, es cierto, y sin embargo de mis palabras enredadas, y de mis digresiones parciales y opacas se extrae una culpa, una carga terrible ni siquiera imaginable por un ajeno a mis recuerdos, aunque incluso el ser que soy ahora es ajeno a los recuerdos que guardo, pues no puedo llegar a ellos, malearlos, son ellos, se me fijan en la pantalla de cine que es mi memoria y me imponen imágenes capaces de dirigir mis pasos, y lo más espantoso: son un imponderable generador de sensaciones y sentimientos: ahogo, calambre, sofoco; los tres estigmas del dios canino me persiguen allá donde voy, me atestiguan su presencia, él sabe quién soy y qué hago en cada momento, ya no puedo engañarme a mí mismo, si lo hiciera en realidad él lo sabría y se satisfaría, estaría cayendo en su juego de engaño y castigo. El noctámbulo que soy agoniza en esta cama viva, respirando a través de ventanas cerradas de no-sueño, la trasnochada bondad de la noche ya no me sirve, ya no me protege su manto de oscuridad infinita, pues no hay oscuridad en mi habitación sino ausencia de color, ya no queda vida en este cuadrado espacial: estoy en una tumba, y mi castigo es la vida eterna sin sueño. Te pido salvación, me declaro devoto esclavo de tus momentos, concédeme un poco de calma en tu imaginación, dame la paz que no conozco en vida en el seno de tus ideas, traslada el temblor de la existencia hacia la calma recogida de la lectura del otro, de tu lectura, de la lectura de un dios diferente al dios carnívoro que ahora me posee. Arrebátame a él, sé mi señor, trasciende la pantalla, rompe la barrera, escógeme sobre cualquier otro durante unos instantes, dame la vida perdida hace ya tanto tiempo, no me abandones en este rectángulo blando que se ha convertido en mi ataúd. Sácame hacia afuera, expúlsame del mundo y recógeme en la inmensidad de la nada para darme una nueva identidad, nuevos recuerdos capaces de sustituir a los que ahora me retienen y me confieren deforma: hazme otro y así me harás tuyo.