sábado, 4 de septiembre de 2010

3 de Setiembre

Dos días llevo ya aquí. Si sumo las caminatas hechas hasta ahora creo haber batido un récord personal. El paso de los días, las diferentes marcas horarias contenidas en uno solo; todo viene determinado por el paso a paso, el caminar sin tregua, tras calles que desaparecen, edificios desconocidos, nombres extraños y alejados de toda lógica sensata. La red de familiares, amigos, odiados, amados… que amortigua la existencia cotidiana está desaparecida, silenciosa y silente ha dejado paso al vacío y la nada. Y pese a la conciencia agonizante que se arrastra tras el último muro de la conciencia, ese casi cadáver que te susurra que solo es un parón temporal incrustado en la esquina dolorosa de la morriña, algo te aprisiona. El estar pero no estar, un callejero que vas llenando, a fuerza de reiterar el paso hacia lo desconocido, desconociéndose poco a poco hasta establecer la familiar nueva (antes nunca) sospecha de lo que vendrá. Entre los mitos de nuestra sociedad turística está el cambio, el renacer, el modificarse a uno mismo en tonos más sofisticados, más respetados, más abierto hacia la breve experiencia exterior; nadie nunca recuerda la verdadera cara del viaje, el morir de uno mismo para nacer uno mismo nuevo, puro y otro; porque no hay nada que reconstruir, no hay base sobre la que trabajar, la muerte no permite un ápice de esperanza. Se muere para ser otro, sino no tiene sentido la muerte, pues una vez muerto no se puede seguir siendo, ya se ha dejado de existir, en ese caso solo queda una cáscara vacía recubierta con la máscara de moda. Alguien dijo una vez que las ventanas son las cuencas vacías de Dios. Yo no creo en dios, pero sí creo en las ventanas hacia otros lugares, sitios inesperados en los que encontrar algo nunca visto antes, donde satisfacer la premonición soñada y olvidada cada noche de lluvia; un lugar desde el cual la luna se convierte en pozo plateado de insaciable ensoñación pandémica; y las personas ausentes pierden su adjetivo, me abrazan y alcanzan el punto alborotado donde antes estaba el corazón y ahora solo están ellas, apiñadas en un montón caliente y duro, que jamás desaparece, permanece días tras día ajeno al cambio de alrededor, y ritmeando melodías sincopadas me recuerdan por qué estoy vivo, qué mueve mi mundo, la combustión implosiva de una pequeña estrella ya escrita en el firmamento, en su estallido inicial y su final prolongado hacia la nada, desapareciendo junto a las recién salidas del huevo de luz colosal que ilumina nuestro universo apagado y triste. Pero el lugar de la tristeza es escaso y osco, escondido entre repliegues apestosos de culpa e infelicidad, no hay ya espacio para ella en el discurrir del viajero, exento de dramatismos costumbristas, alejado del núcleo de lo que consideraba núcleo y ahora se revela una periferia más, una anormalidad normal dentro de un sistema de anormalidades sistematizadas, todas ellas diferentes, individuales, sujetas a sujetos individuales de caracteres polimorfos, únicos en su unicidad indescriptible, ajena a cualquier visión normativa, porque cualquier visión ya no es visión sino otra visión sujeta al sujeto que cree estar normativizando, pero que en realidad se postula como dictadorzuelo de su discurrir en el viaje hacia todas (ninguna) parte. Y al fin el fin último sin finalidad final. Tú y yo compartiendo un viaje que empieza con la escritura, con la lectura, contigo y conmigo en espacios y tiempos diferentes, pero que coincidimos, que rompemos las barreras, restregamos la Victoria de nuestras voluntades sobre la física, la filosofía y la vida y la muerte. Y eso es la literatura, unión de lo separado, recuperación de lo que una vez quedó roto en mil pedazos, la invocación a un Dios Mayor, nosotros juntos a pesar de la lógica, del mundo; amor y caricias sin fronteras de ilusión. Léeme en voz alta porque son mis palabras las que acarician tus oídos, son mis susurros los que rozan tus labios en la escapada a tu conciencia, tú y yo haciendo el amor ahora mismo, entre jirones de tiempo reducidos a polvo mágico. Y las calles traducen mis pasos en sonidos huecos de pavimento mojado, y tras de mí solo queda sombra, y humedad, y silencio, y tú que me haces eterno al hacerme el amor.

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