domingo, 24 de octubre de 2010

La Cama del Diablo

Había una vez un gilipollas al que se le ocurrió que podría haber una buena manera de pasar el resto de la vida, alejado de todo el mundanal ruido asqueroso, apartado del hiriente y escabroso sinsentido de la existencia: existiendo entre labios de cartón cortados al cero, y  bajo cero el puente altísimo de las miradas, esconderse, siempre escondido y disfrazado, puenteado como de una sombra tomada entre vinos y cervezas de mediodía, salón abandonado al tocar el final el día, noche parturienta mojada, luz líquida entrando y saliendo de chorro encogido de rojo, enfrentado tu ojo mi mirada, espejo espejito trepanador de deseos y la entraña y el calor subiendo por mi estómago, extendiéndose entre dedos que acarician terminaciones aplastadas entre músculo, hueso y carne, exigiendo más grados, más duro, más éxtasis síntesis de orgasmo y viaje abocado, desenrollado mirador infinito desenfocado, y boca, canto, himno, foca viajera suspendida en espuma: súmame, destílame la mente mortuitoría adicta al espacio vertical, geometría invertida, invierte  y vierte placer sobre cuerpo desnudo y rómpeme, cómeme a trozos bárbaros, golpes y remanso montado sobre mamadas, viólame morir y méteme y sácame, y  mente.

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