Recibir una carta es una muestra de estar vivo, al menos vivo para otro, alguien necesitado de comunicarse con otro, es una petición apremiante, o al menos algo necesaria; escribir, tomársela, la molestia, de subyugarse a las leyes del lenguaje escrito, renunciar a la libertad de la voz, de la imprecisión natural de la inmediatez. Ser otro, retirarse de la agrafidad en favor de la traicionera interpretación lesiva y cercenante de un desconocido, porque si pensamos en el que nos va a leer, el lector, no la persona a la que le enviamos la carta, no estamos nunca seguros de quién va a ser, en último término, incluso conociéndolo muy bien, él, o ella, los destinados a leer la carta, o el destinado, si es solo uno, nos pueden ser del todo desconocidos después de un tiempo sin trato, alejados, desconocidos ellos y nosotros de los cambios en su vida, de las influencias aleatorias reunidas a su alrededor, de forma invisible y sutil, o groseras y bien obvias; es, sin duda, un esfuerzo digno de respeto, un ejercicio admirable, disciplina generosa en pos de una recompensa desconocida, dudosa, a veces vacía, huidiza, patética melodía de esperanza depositada en un cuenco abandonado, mitad oscura hez, mitad oscura linterna del tiempo proyectado hacia adelante, promesa en presente de un futuro satisfecho, mientras, la insatisfacción, reinante hacia atrás en el recuerdo, sobrevuela, ave de paso ahora, trama fantasma sombreada de futuro, todo a la vez, unido por puntos y rayas paralelos e infinitos en la lejanía que nunca llega, un se topa, y toparse, nunca se une, y unirse, nunca nunca, y serlo; cuenco roto en tres partes de tiempo irregular, cortante filo del tiempo, tiempo tras el tiempo que pasa, que desplanta, que planea proscrito tras las letras azarosas de un deseo precioso, hablar, hablar sin palabras, hablar entre susurros entre espacios en blanco, la transparencia del sudor en la hoja, el roto deseo de una respuesta, aun contraria a los intereses del escribiente, aún más útil en cuanto rechazo abismal hacia esa segunda carta todavía más patética, más triste si cabe, rebosante de la ira de lo inalcanzable, de la inutilidad del nulo empeño, a sabiendas de su futilidad, de la esterilidad, bañado en cegadora falsedad, obra nuestra, y sordo, y mudo, porque esas palabras, desde yo, ya no son nuestras palabras, ni tuyas, ni mías, ni del desconocido, esforzado forjador de sentido blanconegruzco, repudiado y transfigurado en el apartado, dejado a un lado, mueble decadente, figura antigua, pasado de moda mercachifle, mutante vengativo, triste quijote, figura triste, quijote figurado pero patético, esgrimiendo lanza que no es lanza, fiebre que no es fiebre sino ira, melancolía fantasma, y añoranza imaginada, de la fiebre que nunca jamás ya más sentirá. Y pese a todo escribe, contacta la superficie contra superficie, escribe, sin articular, escribe, maciza e impersonal, escribe, chorreo líquido tintolento, escribe, regando el claro de papel, escribe, extensión planada, escribe, planicie plastificada de colores planos y plenos, escribe, plétora de esencias visuales, escribe, luces aladas, escribe, alienación del color, escribe, y escribe, escribe y escribe.
...ya he visto: Siempre nos quedará mañana
Hace 1 año