miércoles, 28 de octubre de 2009

Un chico escribiendo en una silla, no demasiado incómoda por cierto


Imagino un chico sentado en una silla, la silla no es muy incómoda, ni grande ni pequeña, bueno algo incómoda sí es, pero no demasiado. Y mi imaginación extiende el hilo coloreado que va dando forma a la imagen en tres dimensiones, aunque poco a poco parece como si algo más estuviera escondida tras ella, un no sé qué incapaz de definirse por sí mismo ante mis ojos, o soy yo el incapaz de decir qué es; pero una cosa sí te aseguro, hay algo ahí detrás. ¿Qué quiero decir con “algo”? No he dicho alguien: doy por segura su incapacidad para razonar, su no vida, su existencia dependiente  de mis sentidos, lo esclavizo a mis sentidos imperfectos, mentirosos, caprichosos, ansiosos, creativos hasta el hechizo. Recuerda, no estoy representando la realidad, sólo te intento narrar la representación de un sueño que no sé bien qué quiere representar de mí. Acaso no esté representando sino mi fijación en el deseo de permanecer sobre un tapiz fijo, ausente de realidad, pues la realidad escapa a cualquier clasificación solidificada; no hay analogía capaz de quebrar la velocidad del pensamiento, pero el abismo succionador es incapaz de arrebatarme esa imagen terca, aunque sé, sabes, sabemos todos los que una vez hemos hoyado la tierra, de su desaparición indeleble al fin, su derrota aplazada en el tiempo, y como no podemos sustraernos a ser derrotados nosotros también; nos sobrevuela la dictadura del olvido, el borrar en pequeñas partículas invisibles, incomprensibles, tristes lamentos jamás ocurridos, cicatrices rotas en algún punto del tiempo.  ¿Cómo superar la certeza de la desaparición constante, del empequeñecimiento hasta la nada, del no saber qué seremos aunque sepamos que dejaremos de ser? Pero yo sigo ahí, igual de terco, imaginando que imagino a un chico sentado en una silla, la silla, por cierto, no es muy incómoda, ni grande ni pequeña, bueno algo incómoda sí es, pero no demasiado, soportable; como algo incómodo era el sofá dibujado en los recuerdos de aquella tarde, hace muchas vidas, parecía existir para el cuerpo vibrante de dos; dos alejados de los sonidos, no hay sonidos en mis recuerdos, pero caprichosamente sí conservo el tacto, a costa del olor, un olor traicionero que viene y se va en momentos inesperados. Un olor dulce y amargo, adictivo, formado a base de capas relucientes del color de tu pelo, cubriendo resquicios de amnesia, venciendo la obliteración del paso de las horas, arrasando paredes de extravío, vertiendo hemorragias de sentimientos sobre un sofá negro; y conservo la calidez del cuerpo tierno moviéndose en ráfagas descompasada, vivas, ingenuas y libres del tiempo, del olvido, de la muerte. Pero imagino que imagino, ¿y qué imagino? Imagino a un chico sentando en una silla, escribiendo sobre una libreta, una libreta roja, como el color de tus labios, entonces recién nacidos a mí; él está sentado en una silla, tú me miras desnuda sobre tu cama, separas mi vida en paréntesis etéreos pero irrompibles en el recuerdo, te eternizas en mi memoria, en esas ráfagas ciegas de imágenes arrítmicas, fugaces relámpagos de figuras y formas aderezas de ausencia de sombras; la silla no es incómoda, no demasiado, tampoco lo era el puñetazo sordo de tu pecho sobre el mío, no es una silla grande ni pequeña, ya no existe capacidad ni volumen en la magia del evocar, evocar hacia mí lo que hace tantas vidas fue parte de mí, porque aquella intensidad no entendía de medidas, de números, de límites; Y la incomodidad de la silla no impide al chico seguir con su tarea, imaginarte en la soledad de su habitación, imaginar que te imagina, imaginar que imagina cómo imaginarte, imaginar que su imaginación es capaz de imaginar una imagen de ti. Y entonces la cosa da un paso al frente, la representación se rompe en mil pedazos, la elipse se deshace en jirones de nubes de algodón, el espejo deja de ser uno y se convierte en miríada de fragmentos alejados entre sí, y tú apareces detrás y delante, traspuesta y atravesada, aquí y allí, y en la nada, y en la conciencia, y en el sueño, sólo estás tú.  Y todos nosotros dejamos de escribir. E imagino que sigo vivo en la memoria del sueño que es la vida, y sueño con jamás despertar de ti.

domingo, 18 de octubre de 2009

Apunte de un aprendiz de hechicero


12 de mayo

Estoy mareado. No me quito de la cabeza la lluvia de estrellas de hace unos días. 

¿Para quién escribo esto? Anoto las palabras formando oraciones con sentido que sin embargo ya están en mí, en mi cabeza, pero al escribir se reformulan, cambian un poco de significado, y a la vez, al releerlas, me cambian a mí de alguna forma sin quererlo. ¿Es por eso que escribo? ¡Para cambiar y no quedar fijo esparzo inmovilidad alrededor! Fijar las palabras, matar la letra, y así seguir yo fijado al movimiento de la vida; seguir viviendo a cambio de la mortalidad de un instante, un momento del pasado convertido en eterno cadáver, incorruptible por la letra. ¡Pero el texto no está enteramente muerto! Es el testigo, el espectro necesitado de otro para volverse cantarín descubridor de vida, vampiro de presente, pasado fijado en la inmediatez del decir. Descubridor y al mismo tiempo ladrón de vida de otro lector: él, el lector, queda fijo en cada palabra mía aletargada, mientras el cazador, camuflado en el interior de un bosque blanco, espera el momento justo para saltar sobre su víctima: el devorador del lenguaje es engullido por él sin darse cuenta. ¿Escribir es una trampa de eterna paciencia? Y si es así: ¿para quién va destinada esta charada? ¿Para mí que escribo? Ya no puedo separarme de ella, mi vida depende de ella, ella me eleva y me deja caer entre cuerdas irrompibles de marioneta ¿O para el que lee? Él no es sino un trozo de carne indefenso ¿A quién obedece la magia escondida en cada palabra de movilidad inasible? ¿Participo del hechizo en reposo de la página escrita? No, me doy cuenta: soy una más, otra presa ignorante, ajena al organismo en reposo, al depredador suspendido en el tiempo, el chupador ausente al espacio físico, araña en hibernación impostada, atenta a los portales irisados, al maná incauto listo para ser raptado y licuado. Yo no soy un vampiro, soy parte de su rebaño.

Nwannda’s Noise



Soy la nariz de Nwannda y ahora lo poseo, domino su voluntad reptante bajo lo profundo de sí mismo. He hecho de su voluntad una posesión ociosa, estiro las riendas del cuerpo sin mente que es ahora Nwannda, me pertenece, y con él domino la percepción del todo: el dolor y el placer, y hay mucho de ambos en un solo cuerpo; la espera y el ansia sirven a mis caprichos blandos y húmedos, no queda rastro de voluntad. Ahora soy yo, somos nosotros, y quiero esconderme en el mismo lugar, siempre, sin pausa ni descanso, todo el tiempo: ese rincón sin vista, porque no es él la imagen que ella ve; sin oído, porque el eco es el recuerdo de su nombre falso susurrado al viento; sin tacto, porque no es a él a quien rozan sus manos temblorosas; y sin gusto, porque el sabor de lo vivo le recuerda a ella demasiado. Absorber el blanco artificial a través de mí, a través de las entrañas escondidas bajo capas de indiferencia circular, a través del ciego movimiento del circuito continuo de venas y arterias. La mezcla del afuera que nos transporta hacia lo traspasado del lenguaje; recuperar el ajeno desconcierto del perdido en la conciencia, del que ya no conoce su paradero, experimentar su horizonte traspasado por infinitas líneas de fuga, a eso se reduce Nwannda: pasajero inerte, viajero tras un muro liso de tiempo y espacio, abismado en el pozo sin fin de sí mismo; y descubierto por mi testimonio, la nariz de Nwannda, interprete de la lengua neonata que lo acuna: un martillo dislocado en calambres acompasados de ritmo eléctrico; y durante el viaje, la caída sin pausa, llamándote a ti porque eres el ente que escucha, que siente y es capaz de llorar. El único apto para devolver piedad desde el afuera extranjero, extraño a nosotros, pues Nwannda ya se olvida de existir para circular, para ser flujo continuo de euforia honesta, sin motivo mentiroso, en integra desesperación, despegando hacia el infinito con fecha de caducidad. Y entonces quedo yo, únicamente yo, la nariz de Nwannda, la percepción que habla desde el impulso eléctrico del placer.